Por Diego Dillenberger, en "Revista Imagen".-
En la primera de una serie de entrevistas para conmemorar los 30 años de la revista Imagen: Roberto Starke no solo es el principal referente del lobbying en la Argentina, sino que es testigo de décadas de evolución de los asuntos públicos en el país.
Pocos nombres sintetizan la evolución de los asuntos públicos en la Argentina con tanta nitidez como el de Roberto «Bobby» Starke. Cuando el mercado corporativo local apenas balbuceaba los primeros conceptos de gestión de intereses, Starke ya ocupaba un lugar de referencia. Hoy, tras más de 30 años en el centro del tablero y como socio de Infomedia Consulting junto a Miguel Ángel Martínez y Juan Iramain, repasa una trayectoria marcada por crisis de alto voltaje, transformaciones tecnológicas y una disciplina que define sin eufemismos: «El lobby no es para buscar el bien común; es defender intereses legítimos y hacer que las empresas ganen autonomía frente al poder político».
De la escuela de Shell a los pasillos del poder
Tras regresar de Estados Unidos a fines de 1982 con un máster en política internacional, sus primeros pasos incluyeron colaboraciones con Manuel Mora y Araujo durante la histórica campaña electoral de 1983. Poco después ingresó a Shell, compañía que por entonces lideraba a nivel global la metodología de issues management. «Eran momentos complejos; Shell venía del impacto de Malvinas y acercarse a la empresa era visto casi como la peste bubónica. Tuvimos que aprender a vincular el negocio con el gobierno de Alfonsín y entender el funcionamiento del Parlamento desde adentro», recuerda.
Tras seis años en la petrolera, Starke desembarcó en Nueva Comunicación junto a César Mansilla como director asociado, etapa en la que consolidó su perfil en la resolución de crisis institucionales y campañas corporativas de largo alcance.
Roberto Starke en los años 90’sCasos testigo: de San Luis al lobby de Coca-Cola
Entre las batallas emblemáticas que forjaron su fama figura la crisis institucional en San Luis durante la presidencia de Carlos Menem, desatada tras un recordado escándalo sexual que golpeó al entonces gobernador Adolfo Rodríguez Saá. «Fue una crisis de supervivencia política. La clave estuvo en ganar tiempo y negociar con el obispo provincial para evitar una intervención federal que hubiera arrastrado a todos los actores locales», destaca Starke sobre un conflicto que amenazaba la gobernabilidad de la provincia.
A nivel corporativo, su gestión lideró una de las operaciones de lobbying económico más sofisticadas de la década del 90: la rebaja de impuestos internos para los embotelladores de la Asociación Fabricantes Argentinos de Coca-Cola (AFAC). La estrategia combinó argumentos técnicos y un preciso modelo econométrico presentado ante Domingo Cavallo y Ricardo Gutiérrez, apalancado con preguntas estratégicas de la prensa internacional durante las giras presidenciales de Menem. El resultado fue la reducción de la alícuota del 21% a cerca del 14%, demostrando el impacto directo de los asuntos públicos en la rentabilidad empresarial.
IA, redes y el mapa de poder actual
Lejos de la mística del «tráfico de influencias», Starke enfatiza que la gestión de intereses se ha tecnificado profundamente. Si bien herramientas como la inteligencia artificial hoy agilizan el monitoreo legislativo y la redacción de minutas o gacetillas, la negociación humana sigue siendo el núcleo irreemplazable: «El lobby actual exige comprender el negocio a fondo, entender la matriz regulatoria y hablar con todos los stakeholders, desde el párroco de un pueblo minero en Catamarca hasta un diputado nacional».
Consultado sobre el escenario político contemporáneo y el gobierno de Javier Milei, Starke apunta que la clave de la gobernabilidad radica en no perder la agenda frente a una oposición sin renovación de figuras ni de discurso: «El espacio político de un candidato o una reforma no se inventa, se detecta en el humor social».
Para los jóvenes profesionales que buscan ingresar al terreno del public affairs, el consultor evita las fórmulas mágicas y apela al realismo:
«En este oficio hay que ser escéptico, pragmático, estudiar a fondo el mapa del poder y levantarse todos los días dispuesto a dialogar incluso con quienes no piensan como uno».
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